Joseph Conrad es uno de esos autores cuya vida nos llena de una extraña mezcla de admiración y congoja. Una vida que el autor resume así:

 

“ ¡Es curiosa la vida…, ese misterioso arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede esperar es cierto conocimiento de uno mismo…, que llega demasiado tarde…, una cosecha de inextinguibles remordimientos. ” 

Joseph Conrad

 

Es el retrato de lo que ha sido su vida. En “El corazón de las tinieblas” lo vemos luchar contra su destino. Enmendar la ruta. Cambiar el rumbo. Pero todo es imposible. El barco de Conrad todavía sigue varado en algún recodo del río Congo.

Lo paradójico de la vida de Conrad es: que nunca pensó en ser escritor. De pequeño había tenido contacto con la editorial de su padre. Pero solo por un breve periodo, hasta que lo detuvieron y exiliaron junto con su mujer y su hijo a Siberia. El padre de Conrad fue acusado, como muchos polacos en su época, de conspirar contra el régimen soviético y fue condenado a trabajos forzados.

Una infancia fría, amenazada por la enfermedad, en las tierras del norte de Rusia, solo podía ser sostenida por el sueño y la esperanza de abandonar un día aquel país. Conrad soñaba con viajar; recorrer los mares, visitar otras tierras; su mirada estaba puesta en los barcos que realizaban largas travesías de un continente a otro; quería ser marino mercante.

Los padres de Conrad confiaron su custodia a su abuela materna y a su tío Bobrowski. Durante su adolescencia estudiará en colegios de Cracovia y Kiev. Viajará a Italia, suiza y Alemania. Durante este tiempo Conrad está cada vez más convencido de lo que quiere ser. Bobrowski, su tío, se apoya en algunos contactos y consigue que lo enrolen en un barco mercante, el Mont-Blanc, en el puerto de Marsella.

A finales del verano de 1874, con dieciséis años, Joseph dice adiós, en la estación de Cracovia, a su abuela y su tío; la única familia que le queda. Atrás deja los años de exilio, la enfermedad y la muerte de sus padres.

“Un día de septiembre del año 1874 subí al tren (expreso de Viena) igual que un hombre puede subirse a un sueño: un sueño que todavía dura.”

En Marsella, su lugar de amarre durante algunos años, Conrad se alojaba en el “hogar del marinero”; una mezcla de refugio de beneficencia y albergue barato para trabajadores del puerto. Realiza numerosos viajes a la India, China…, pero las cosas no empiezan a ir bien; la vida de Conrad está llena de tribulaciones.

Sus trabajos en el mar no le proporcionan todo lo que él había soñado. Los problemas económicos, que le acompañarán toda su vida, le arrastran una y otra vez a esa tierra de nadie que es la depresión.

En cada viaje su experiencia aumenta; los documentos que avalan los trabajos realizados le sirven para presentarse a los exámenes para oficial y más tarde a capitán.

Pero en todo este ir y venir Conrad está solo, sin familia, con una tentativa de suicidio a sus espaldas, aunque sabemos que fue solo un intento desesperado para que se ocuparan de él. Una y otra vez es su tío Bobrowski quien acude en su ayuda.

En los viajes se muestra solitario, al margen de la tripulación, y en muchas ocasiones acaba en discordia con las órdenes de sus superiores; el desempeñar puestos de inferior categoría a la de su rango, no contribuyen demasiado a mejorar su estado de ánimo.

Desesperado por no conseguir una oportunidad para desempeñar el puesto de capitán, que tanto le había costado alcanzar, encuentra una vacante en un carguero rumbo al Congo. Conrad se siente orgulloso de capitanear este barco, aunque no sabe, todavía, la marca profunda que dejará en él esta travesía.

Sería su último viaje y también un serio revés a su debilitada salud. Años más tarde describió con toda crudeza este recorrido en “El corazón de las tinieblas”.

Pero el mundo del comercio marítimo estaba cambiando, se suceden las huelgas en los puertos. El avance industrial y tecnológico exige menos mano de obra y el oficio de marino mercante pasa por una época de reajuste y transformación.

Conrad sabe, intuye de alguna manera, que este mundo ya no es para él. En un viaje a Londres, decidido a abandonar este oficio, le escribe a Podarowska, una tía política materna, para que le aconseje y le introduzca en el mundo editorial. Podarowska es traductora, escritora y tiene varias novelas publicadas.

Nada sabemos de los motivos últimos que le llevan a tomar esta decisión. En 1895 (con 37 años de edad) Conrad se encuentra en Londres sin empleo y sin dinero, en un barrio marginal de la ciudad; había cambiado “el lado más oscuro de África, por el lado más oscuro de Londres”.

Conrad no fue como Kipling, que a lo largo de sus viajes, fue tomando notas de todos los lugares y gentes que llegó a conocer. Conrad fue marino, quería ser marino, no lo dudó nunca.

Solo conocemos, por lo que él nos dice, que en su viaje al Congo, llevaba un manuscrito, posiblemente “La locura de Almayer”, con la intención de terminarlo durante el tiempo que permanecería atracado en el puerto.

En Londres comienza otra etapa de depresiones constantes; tiene que pedir ayuda en innumerables ocasiones a amigos y conocidos para poder salir adelante. Conrad avanza con esfuerzo, le cuesta escribir, habla de los días que pasa en su habitación como un “agujero negro, amueblado con una mesa de tortura”.

Las buenas relaciones y sus amistades le proporcionan los medios para sacar adelante los primeros trabajos. Empieza a recibir buenas críticas, H.G. Well le reconoció el talento en sus primeros ensayos y su amistad con Henry James le abrió muchas puertas. Pero una cosa era el reconocimiento y otra el dinero. Conrad se desesperaba, las críticas eran buenas pero el dinero no llegaba.

A los cuarenta años, envuelto en una nueva crisis, se descubre solo, sin familia; su tío Bobrowski había muerto. Un hombre que siempre estuvo a su lado, ayudándolo, mandándole dinero, apoyándolo en las horas bajas.

La situación le lleva a buscar esposa. Conoce a Jesse George, a quien le dice, según nos cuenta ella en su diario: “que la boda debe celebrarse pronto, dada su mala salud y le queda poca vida, que está solo, que no tendrán hijos…” Es posible que Jesse exagere, pero aún así, podemos ver la necesidad y el estado de Conrad.

La obra de Conrad es una lucha constante del individuo con su destino. La muerte de sus padres, en el exilio ruso, permanece en la memoria de aquel niño; y la descubrimos a través de Razumov, un estudiante ruso en “Bajo la mirada de occidente”. Crítica de una sociedad corrupta, gobernada por una autocracia, que obliga al protagonista a someterse al dilema moral de traicionar su conciencia, en un intento por corregir una trayectoria que el destino ha torcido.

En “Lord Jim” de nuevo es el destino el que pone al alcance del personaje, en su lucha por superar la cobardía, la oportunidad de redimirse, de afrontar con valor los acontecimientos; enterrada en las páginas de este relato hay una oscura nota autobiográfica.

Sin embargo donde la reflexión sobre la naturaleza del hombre, toca fondo es en “El corazón de las tinieblas”; la lucha del bien contra el mal; la pugna dramática entre los intereses materiales y espirituales; la voracidad del colonialismo que arrastra al hombre a la locura.

Las tinieblas envuelven el corazón de Conrad. Su travesía, un viaje a través de las aguas de Aqueronte, nos deja pasajes que difícilmente se borrarán de la mente del lector.